JUEVES 28 DE MAYO

Nadie lo sabe. Permítanme que me haga algunas preguntas y reflexiones. Sigo desconcertada y molesta. Seguimos sin saber el alcance de los daños de esta enfermedad en los casos más graves. La mayoría de los pacientes afortunadamente ya se han marchado a casa, ganando la batalla más importante de su vida, pero cuando acuden a consulta y empezamos a preguntarles cómo se encuentran, nos quedamos perplejos al vislumbrar las diferentes secuelas. En mi hospital el Servicio de Medicina Intensiva con el apoyo de la dirección hemos creado una consulta integral para estos pacientes, tomando el rol de “director de orquesta” en la que cada instrumento es una especialidad hospitalaria: Neumología por la gran pérdida de capacidad pulmonar, Otorrinolaringología por los problemas secundarios que hemos detectado de la vía aérea superior tras tantos días expuestos a una ventilación mecánica invasiva, Cardiología por el posible daño miocárdico, Rehabilitación por los problemas de movilidad. Todos los pacientes que hemos atendido en consulta muestran  una sutil pérdida de memoria que intentar ocultar a sus familiares por lo doloroso que les supone gestionar tantas incapacidades a la vez. Desde nuestro punto de vista, no podemos precisar si el deterioro neurológico es consecuencia de la enfermedad o la enfermedad se ha comportado como un trigger para otras enfermedades neurológicas. Y, por último, nuestros pacientes son evaluados por Psiquiatría, ya que cuando regresan a casa, a un entorno totalmente diferente, se sienten muy vulnerables, con un mensaje continuo de “mejor en casa” y en algunos casos con preocupaciones por el tema laboral. Irremediablemente, un sentimiento enorme de resignación embarga tanto al paciente como al médico al terminar la consulta.  

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MARTES 19 DE MAYO

En mi última guardia las frenéticas llamadas se suceden una tras otra. Sintiendo que me sacuden el cerebro e inmersa en mis pensamientos, llama mi atención al entrar a una habitación a valorar a una paciente mayor. La señora está arropada por su familia, pero se encuentra inquieta, balancea su cuerpo menudo hacia abajo como si alguna extraña fuerza la impulsara a tocar un suelo y a querer ponerse de pie, al mismo tiempo que repite una y otra vez “Virgen del Carmen, Virgencita del Carmen”. La examino y confirmo lo que ya en el primer milisegundo había diagnosticado nada más verla, gracias a mi propio big data, fruto del procesamiento y análisis de multitud de información que entra en mi sistema nervioso central por todas partes. Tristemente hay poco que hacer. Al escuchar sus palabras, recuerdo que los fieles de la Virgen del Carmen, patrona de pescadores y marineros, tienen sus propias creencias, algunas de ellas ligadas al momento del fallecimiento. Se cree que cuando la muerte está cerca y la persona ha sido devota de la Virgen del Carmen durante toda su vida, con el fin de no alargar la agonía, si los pies tocan el suelo, rápidamente expira, librándose del purgatorio. Tras comentarle a la familia la posible explicación de su incomodidad, nos disponemos a buscar algo rígido y plano que simule el suelo. Salgo al pasillo y caigo en la cuenta de que hay un cuadro informativo colgado en la pared que podría ser la solución. Colocamos el cuadro debajo de sus pies y la familia instintivamente deja un escapulario junto a su cabeza. Mientras me alejo, su enfermera le inicia una perfusión de cloruro mórfico y a la media hora la paciente parece estar tan reconfortada que expira con la serenidad con la que todos soñamos tener el día en que la muerte nos visite. Hay quienes tienen a un dios al que rezar y a santos a los que encomendarse, los que abrazan la meditación como forma de oración fluyendo con su energía, y otros, como yo, que subimos picos de montaña para encontrar nuestro templo y estar en paz. Yo creo que cualquier acción que sirva para que uno descanse en calma es válida. Solo debemos reconocer cuál es para poder ayudar a pacientes como ella. Es una cuestión de solemnidad más que de despedida.

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JUEVES 14 DE MAYO

La muerte nunca es un punto final, ya que se mantiene en el recuerdo de una manera muy presente. La angustia de lo que hemos vivido en las primeras semanas de marzo no se olvidará y quedará latente en nuestro ADN. Al mismo tiempo, observamos atónitos, con incredulidad y creciente ansiedad a aquellas personas que pasean sin mascarilla por la calle saltándose libremente las reglas del juego, otras en pandilla tomándose unas cervezas como si vivieran en una realidad diferente o, peor aún, las que creen estar haciendo las cosas correctamente, y se te eriza la piel cuando las ves utilizando los guantes todo el tiempo, como si tenerlos, los mantuviera a salvo del contagio. De nuevo me despierto muy temprano y, sin pensarlo demasiado, llena de una íntima rabia, me embarga la necesidad de correr. No despierto a mi familia, me visto rápido y salgo. Suben rápidamente mis pulsaciones y empiezo a sudar. Llego a la cima en un extremo silencio y sin prisas. Miro a mi alrededor y observo las montañas, el mar y una ciudad que se despierta en paz. Respiro profundamente. La música que escucho aviva la fresca atmósfera limpia que inhalo y recorre mis pulmones. Sonrío para mis adentros y me lanzo hacia abajo lo más veloz posible, sorteando cualquier obstáculo que se pone ante mis pies, saltando tan alto como puedo y sin perder el equilibro. Al llegar a mi punto de partida, viva y sana, pienso que el esfuerzo ha merecido la pena. Obviamente necesitaba una catarsis física. 

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2-4 MAYO. I wish I knew how it would feel to be free/one. Lighthouse family.

Es viernes noche. Tras recibir una llamada de auxilio de una amiga asustada porque su padre acaba de ingresar en urgencias, siento de nuevo una descarga de catecolaminas en mi torrente circulatorio. Hago unas cuantas llamadas al hospital y respiro hondo cuando aseguro su ingreso en mi unidad. Sigo despierta esa noche en la cama, temerosa de la mañana, del día de guardia que me espera al día siguiente. Llego antes de lo habitual y allí está él, en un módulo no COVID, ingresado por un shock séptico de origen urinario con fracaso multiorgánico. Él es paciente mío desde hace años. Nada más entrar, me sonríe, se le acelera el pulso y mientras yo le devuelvo la sonrisa, le digo que todo irá bien, y sigo viendo pacientes de todo tipo, COVID y no COVID. Es llamativo comprobar lo que cuesta sacar adelante a estos pacientes a pesar de llevar semanas sin ingresar a ninguno nuevo en el servicio de Medicina intensiva. Desconocemos a ciencia cierta por qué tarda tanto tiempo en recuperarse el pulmón y por qué siguen con disnea acusada cuando los visitamos en planta. Respiro hondo y sueño con que no haya ninguno más.  

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SÁBADO 2 DE MAYO

Mañana primaveral, algo calurosa, pero es el gran día para todos los runners que correrán libremente por el país en turnos. Yo, runner de nacimiento, tendré que esperar 32 horas más. Me levanto temprano, me tomo mi primer café y me dirijo al hospital. Mientras conduzco, miro las montañas y siento una punzada de nostalgia. De nuevo algo que me pierdo. Y mientras la imagen del asfalto asalta mi mente, reivindico todos los cumpleaños, navidades, puentes, Semanas Santas y fechas señaladas a los que no podemos asistir, siempre a la sombra, atentos a esa llamada del busca que reclama nuestra rápida asistencia y de la que depende la vida del paciente que entra por la puerta de la urgencia de cualquier hospital. No tenemos, ni muchísimo menos, grandes sueldos como se piensa. Tenemos un sistema de guardias que maltrata el corazón, creadas a propósito para “tener que hacerlas” porque de ellas depende gran parte de nuestro sueldo. La mayoría de los sanitarios todavía no tenemos plaza, pero, aun así, me puedo sentir afortunada porque conozco a enfermeros que acumulan los mismos años de experiencia que yo y solo son contratados por las horas que van a trabajar, llegando a acumular en algunos casos una veintena de contratos al mes. Tras una guardia de 24 horas descansamos unas 22 horas, si contamos la hora necesaria para dar el relevo y el tiempo de vuelta a casa. Mascullas la vida ese día como puedes, estás irascible y apática, te haces adicta al café para poder pasar el día con algo de dignidad y para poder aprovecharlo al máximo. Por la noche padeces de insomnio porque tu cerebro no está programado para ser interrumpido con un simple botón de turn it off. Duermes mal, te levantas peor y de repente te encuentras de nuevo en el hospital. En ningún país europeo existen turnos tan perjudiciales para el profesional, pero insisto, tenemos la mejor sanidad del mundo o eso cree la sociedad. 

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JUEVES 28 DE ABRIL

No sé dónde estoy, pero esta mañana mi despertador ha sido la entrada de un mensaje al móvil de una conocida periodista que me escribe por privado: “Cris, hoy sale a la luz tu podcast. ¡Con todo mi cariño y mi admiración a todos los sanitarios por vuestro trabajo!”. Se despide con un superpower desde la capital de los Emiratos Árabes. Me reincorporo y por un segundo me encuentro quieta, exhausta. Doy el relevo de mis pacientes y salgo de mi segundo hogar. Me dirijo a mi casa con la extraña sensación de contener mi entusiasmo. El caso es que me siento a disgusto con la vida, aún me golpea la indignación de las imágenes que vi anteayer, el primer día de desconfinamiento para los niños, ahora más que nunca cuando tendríamos que demostrar que somos una sociedad responsable. Ayer por la mañana al llegar a mi puesto de trabajo, otra compañera y yo comentamos lo cansadas que estamos. Van llegando más compañeros y el ambiente se nota crispado, nuestra sociedad se ha tirado a la calle sin respetar las normas que tanto hemos venido repitiendo estas semanas de confinamiento. Lo que ignoran es que la sanidad está muy herida y no aguantaremos otra avalancha más como la que hemos sufrido hace tan poco tiempo. ¿Cómo se explica esta ausencia de memoria?

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VIERNES 25 DE ABRIL

Llego un día más a mi hospital y, mientras ando por el pasillo, alguien llama mi atención. Conforme me acerco a ella, noto que está esperándome atenta a que me aproxime y, cuando por fin me tiene cerca, me dice con voz suave: “Doctora, permítame decirle una cosa: todo es mentira”. 

Inmediatamente la reconozco. Ella es una de las personas más brillantes del servicio de Rayos. Aguardo en silencio, respiro profundo y la miro atentamente. Es evidente que desde que hemos empezado la pandemia, hemos vivido situaciones con falta de material – contraproducente sería decir que no ha sido así, ya que a estas alturas todo el mundo ha podido comprobar que no hay sistema sanitario con suficientes recursos como para responder de forma eficaz a lo ocurrido -, además de haber usado hasta su retirada unas mascarillas defectuosas compradas por el Ministerio de Sanidad. 

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JUEVES 23 DE ABRIL

Esta noche he dado más vueltas de la cuenta en la cama. No podía quitarme de la cabeza lo que Noelia me contó antes de ir a dormir. Ella es una enfermera recientemente trasladada a un centro de Guadalajara y, como todas, está luchando contra la COVID-19. Hablando con ella sin saber su realidad, le pregunté si estaba haciendo algo de deporte en casa a lo que me contestó: «Llevo unos días sintiéndome mal, me duele todo el cuerpo y he perdido el olfato y el gusto. Me han hecho las pruebas… y estoy coronada”. 

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LUNES 20 DE ABRIL

Después de mascullar que las mascarillas N95 (Garry Galaxy) han sido las que mis compañeros de trabajo y yo hemos estado utilizando estas dos últimas semanas, y que las han retirado rápidamente porque son defectuosas, echo un vistazo al papel que tenía delante y al resto de mis compañeros. “¿Te encuentras bien?”, pregunto a mi compañera de al lado. “Estas un poco pálida”. Y me contesta: “Estamos enormemente desamparados…”. Sus palabras suenan como un resorte ,y hacen que me ponga en pie y me dirija a mi módulo para empezar a ver pacientes. 

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JUEVES 16 DE ABRIL. MÉDICOS EN PELIGRO

Me cambio en el vestuario. Desde que entro en el hospital padezco un dolor no físico que me hace permanecer activa. Miro mi musculatura cuando me voy poniendo el pijama y pienso que me estoy atrofiando. Ando por los pasillos, ya me he habituado a recibir halagos por todo lo que estamos haciendo el servicio de medicina intensiva, pero curiosamente antes hacíamos lo mismo que ahora. 

Y mientras trabajo conjuntamente con mi equipo como cada día, hoy mi pensamiento no está aquí, está con un amigo mío. Sé que ha pasado semanas de tortura para llegar donde está, gracias a las intensas dosis de quimioterapia que han corrido por su cuerpo, ha podido hoy entrar en quirófano. No quiero pensar lo que es operarse de una enfermedad que no puedes retrasar ni un minuto más. Todo comenzó hace varios meses cuando su compañera médica le realizó la endoscopia. Él sabía que algo iba mal. Fue antes de Navidad y, sin decir nada, creó el grupo de WhatsApp de la Facultad. Los compañeros creían que era causalidad. Nos prometimos, entre mensajes de felicidad, que este año haríamos la reunión de nuestra promoción. 

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