JUEVES 26 Y VIERNES 27 DE MARZO. MONTAÑA RUSA

Escucho un sibilino ruido en la cocina, miro el reloj, son las seis y media de la mañana. No me asusto, sé quién es, es mi pareja, el marido de mis hijos y con quien he compartido risas y lágrimas todo estos años. Él es mi apoyo, el que constantemente me hace reír y a veces me mosquea con su pequeños defectos al igual que yo los tengo también. Me levanto rápidamente para poder por lo menos hablar unos minutos, pero al bajar las escaleras ya no está, ya se ha ido como tantas personas que últimamente veo en el hospital, que vienen y van. Entonces siento frío, me estremezco y me siento sola en mi cocina. Apuro el último sorbo de café, y empiezo a recuperar ese calor que perdí. Organizo mentalmente mi día, aunque no trabaje hoy puedo seguir siendo vital.

Me pongo a trabajar en mi “sitio” intelectual leo protocolos y hago llamadas, mientras mis hijas salen fuera a jugar donde hay una casita de madera, por suerte hoy el sol brilla … bendita inocencia. Me reclaman que jueguen con ellas, intento explicarles que no puedo, que tengo asuntos de importancia vital. Pero ellas no lo entienden. Noto como comienzo a perder los papeles, pero paro antes de estallar. Les digo: ok, cinco minutos. Comienzo a jugar con ellas en el césped. Al instante un hedor me envuelve haciendo fruncir mi ceño , “chicas, ¿qué es esto? mientras señalo lo que parece ser una caca restregada en el interior de la casita de madera, la mayor me explica que hace dos días se hizo caca el perro y lo pisó la hermana … y es entonces cuando tomo conciencia de lo abandonadas que las tengo, esto en condiciones normales lo hubiese visto al instante y se me vienen a la cabeza esas miles de padres o madres sanitarios que estamos distanciados de nuestras propias familias.

Transcurre el resto de la mañana, más llamadas y en contacto directo con Caverlan para ir perfilando la fabricación y distribución de las pantallas. Engullo rápidamente los restos de lo que se dejan mis hijas en la comida y a las cinco de la tarde con puntualidad inglesa, hago una llamada grupal, son mis compañeros de SOCIAL COVID y entro dándoles la noticia de que dos personas muy conocidas, nos ha ayudado para fabricar 14.000 pantallas para proteger a todos los sanitarios y residencias de ancianos de la provincia de Málaga, haciendo que mis compañeros lo celebren sin dilación, ya que nuestra salud va en ello. Mientras hablamos de diferentes temas, me entran llamadas que atiendo más tarde y me invade una profunda tristeza. Se tratan de personas de mi pueblo de que saben donde trabajo y que tienen familiares ingresados afectados de COVID-19 y no saben como están. Cada uno de ellos, me cuentan sus historias, piden que les mande besos, que les dé saludos o que les informe si empeoran, una sensación de impotencia asola mi cuerpo, los familiares no pueden visitar a sus seres queridos, la desinformación es una constante en todo ellos, no tiene forma de saber como están o si podrían ser las últimas horas de sus seres queridos. Esta incertidumbre que les asola hace que me cabree con esta enfermedad. Nos ha hecho cambiar nuestra realidad y nuestro comportamiento social . Les digo que no se preocupen, que mañana les llamaré personalmente (aunque me robe algo de tiempo, lo haré, ahora soy su consuelo, su esperanza….) y me temo que algunos de ellos mañana no estarán en el hospital.

Día 27 de Marzo.

Me despierta mi amiga valenciana, una de las mejores intensivistas que conozco, me llama temprano, yo ya estoy despierta, sé que me necesita y yo a ella también. Nos comentamos nuestras acciones y emociones y llegamos a la conclusión de que nuestro día a día es una montaña rusa. Me comenta de que su pueblo están haciendo un labor social, que como yo, gasta sus energías en agradecer y ayudar. Más que nunca me siento como ese mensajero que viene de la guerra con noticias de compañeros y tengo el deber de expresar. Me activo con mi café y de nuevo, él se ha ido sin despedirme de mi. Maldita enfermedad!!! Viene la niñera, siento enorme agradecimiento por su valentía y su profesionalidad, sé que en la actualidad hay muchas personas que han abandonado sus trabajos por miedo a contagiarse. Conduzco rápidamente hacia el lugar de trabajo, de nuevo calles vacías, ya no pongo las noticias, ojalá todo esto fuera un mal sueño.

Entro en mi unidad pero antes dejo todos mis objetos personales en el vestuario, me cambio con un pijama guardado previamente en mi taquilla, guardo mi nuevo bolso que es una bolsa de plástico que cada día la elimino en un contenedor y me digo a mi misma : O te vuelves jodidamente maniática o estás eliminada, baby. Lo que más me molesta es guardar mi querido reloj Garmin, él que me marcaba mis series de montaña que hacía con mi perro y mis amigos en mi pueblo, en la sierra de Alhaurín. Entro decidida y saludo a mis compañeros, a esos compañeros que están dando la vida por todos ustedes. Terminamos la sesión y aparte de que mis sentimientos son cada día estrés, agobio o el miedo con el que cada día lidiamos, hoy me invadió otro, la desesperanza de si no hacemos uso racional de los pocos materiales que queda de protección individual, ya que si nos quedamos sin ellos, nos estaríamos exponiendo a contraer este virus a pecho descubierto. Me dirijo al almacén y descubro que efectivamente estamos muy escaso de material. Los que trabajan allí, están librando también otra batalla, la de buscar de forma desesperada cualquier proveedor, cualquier empresa que le pueda proporcionar lo que todos ahora mismo ansiamos. El COVID -19 sigue avanzando, en la UCI ya superamos la capacidad de enfermos a los que podemos atender con creces y el área de anestesistas habilita una zona nueva para poderles seguir atendiendo, pero decide hacerse sin contar con nuestra ayuda y se le expresa la necesidad de trabajar conjuntamente, ya que llevamos más de un mes atendiendo a estos pacientes. Me desgarra pensar que no hacemos nada cada uno luchando por nuestro lado, más que nunca tenemos que unir nuestras fuerzas y es vital y de extrema necesidad de que servicios críticos y especialidades similares seamos el mismo equipo.

¿ Tan difícil es entender que ninguna guerra ,(da igual su etiología), se ganó de forma individualista? De lo poco que se de la vida, algo tengo interiorizado , estamos todos en el mismo barco y si cada uno rema para su lado está claro que naufragamos, así que vamos a dejarnos de vanidades, no es el momento de aislarnos ,porque este maldito virus nos está matando literalmente y una de dos, o nos unimos para hacerle frente o se llevará por delante miles de vidas en el intento, más de las que ya se ha cobrado, corro hacia el baño al final del pasillo joder!!! tardaré mucho en quitarme todo esto…….tengo ganas de vomitar.

2 pensamientos sobre “JUEVES 26 Y VIERNES 27 DE MARZO. MONTAÑA RUSA”

  1. Gracias por tu valentía, y gracias por tu serenidad.
    Sois grandes y os admiramos, muchos os estamos apoyando de mil maneras, gracias por transmitir lo que vives con tanto amor y calma.

    Si algún día necesitas algo, desahogarte, expresar más allá o menos, aquí estoy.

    Juntos lo conseguiremos y esto ya cambió el mundo, cuando acabe veremos muchas cosas de otra manera, y espero que haremos muchas cosas de otra manera.

  2. El jueves 26 de marzo falleció mi padre en el Hospital Regional Universitario (Carlos Haya) con coronavirus. Tenía 76 años y patologías previas.

    Lo dejamos el lunes 23 por la mañana en urgencias pensando que había empeorado de sus achaques y ya no lo volvimos a «ver» hasta el viernes 27 dentro de un ataúd. Cuatro días pegado al móvil recibiendo llamadas del hospital de que cada vez estaba más grave, de que era imposible verlo y de que había dado positivo en la prueba del coronavirus. Un golpe muy duro.

    Su familia ha quedado abatida por la pérdida y por no habernos podido despedir de una persona que dedicó toda su vida a atender y a estar con los suyos, a que no nos faltase de nada. Con la cantidad de velatorios en los que estuvo días y noches enteros y que a su entierro solo hayamos podido ir tres personas casi a escondidas. Ironías del destino, supongo.

    Descanses en paz, papá.

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