JUEVES 16 DE ABRIL. MÉDICOS EN PELIGRO

Me cambio en el vestuario. Desde que entro en el hospital padezco un dolor no físico que me hace permanecer activa. Miro mi musculatura cuando me voy poniendo el pijama y pienso que me estoy atrofiando. Ando por los pasillos, ya me he habituado a recibir halagos por todo lo que estamos haciendo el servicio de medicina intensiva, pero curiosamente antes hacíamos lo mismo que ahora. 

Y mientras trabajo conjuntamente con mi equipo como cada día, hoy mi pensamiento no está aquí, está con un amigo mío. Sé que ha pasado semanas de tortura para llegar donde está, gracias a las intensas dosis de quimioterapia que han corrido por su cuerpo, ha podido hoy entrar en quirófano. No quiero pensar lo que es operarse de una enfermedad que no puedes retrasar ni un minuto más. Todo comenzó hace varios meses cuando su compañera médica le realizó la endoscopia. Él sabía que algo iba mal. Fue antes de Navidad y, sin decir nada, creó el grupo de WhatsApp de la Facultad. Los compañeros creían que era causalidad. Nos prometimos, entre mensajes de felicidad, que este año haríamos la reunión de nuestra promoción. 

Intento encontrar consuelo abrigada en el sonido de los monitores que me rodean. Sé que, cuando él entró en quirófano, encontró una mano amiga que lo calmó, que le hizo conocer la paz, la perfección de perfecciones de no hacer nada, de dejarse llevar. Y esto se consigue con palabras acertadas acompañadas del tono perfecto y de gestos que dimensionan a dónde quieres llevarlo. Las palabras de su amigo anestesista le explicaron el procedimiento con aplastante seguridad. Sé que, cuando le inyectaban por sus venas el propofol, la mano de mi amigo apretaba con fuerza la de su compañero, como si la vida dependiera de ello. Él con sumo cuidado lo intubó y lo conectó al respirador. Sé que estuvo pendiente todo el rato para que no se taquicardizara por el dolor, y la anestesia fue perfecta, pero la cirugía era un poco más grande de lo que se pensaba. Has visitado el cielo, amigo, porque tú más que nadie te mereces el cielo. Siempre has sido atento, honrado y defensor de injusticias. Mientras, yo en el otro hospital, me preguntaba qué contradictoria era la vida, pasas tus mejores años estudiando, aprendiendo, compitiendo con el resto de compañeros para sacar las mejores notas y tener posibilidad de estudiar la carrera de la profesión a la que quieres dedicarte, sacrificando momentos mágicos que ya nunca volverán y, por más que busco respuesta, no la encuentro, juraría que nunca se ha estudiado esto en la facultad. 

Es la hora de la información, explico a la familia la gravedad de un paciente. Me preguntan si pueden venir a verlo y entonces, aunque por dentro estoy furiosa, me doy cuenta de que no puedo manifestarlo. Me siento avergonzada de no encontrar una razón contundente para no dejarles venir. Así que, extrañamente, les digo que lo consultaremos en sesión porque, aunque la videollamada les reconforta, no es lo mismo que la visión real. Entro en la unidad, pero me quedo allí de pie, dirijo mi mirada hacia la sala con una escena verdaderamente singular: una enfermera aspirando a un paciente con sumo cuidado el tubo orotraqueal, una auxiliar agachada midiendo la diuresis, otra enfermera al otro lado preparando la medicación, un médico escribiendo en el ordenador y otra auxiliar cambiando las bolsas del líquido de reposición del hemofiltro. Y me pregunto: “¿Cómo estará?”. Mientras tanto, en el otro hospital, un anestesista empieza a mandar órdenes precisas para no perder a su amigo, un silencio sombrío se abate sobre él, el silencio de la pena, de la responsabilidad y de la tristeza. El anestesista le susurra a su amigo: “Aguanta, no te dejaré caer”. En ese momento mi mente vaga al igual que la de muchos compañeros. 

Me llama mi compañera de guardia para visitar en planta a los pacientes que hemos dado de alta; historias irrepetibles como la de una paciente que se encuentra viva gracias a la Policía local que, tras la insistencia de la llamada de sus hijas, acudieron a su domicilio y la encontraron tumbada en la cama sin poder moverse. Inmediatamente se trasladó en ambulancia y la historia final ya la conocéis. En este punto donde estamos somos como una sola red, conectados unos con otros para no dejaros caer. 

El día y la tarde discurre hacia su fin. La noche acontece, partimos en dos turnos y nos dividimos el trabajo. Cuando miro el reloj, son las dos de la madrugada, de nuevo mi pensamiento viaja a otro hospital, donde mi amigo se traslada en ambulancia acompañado por el personal más cualificado y humano a darlo todo por él, por esa amistad que perdura y perdurará pase lo que pase. De nuevo es intervenido para resolver una complicación, porque también los médicos enfermamos y también sufrimos complicaciones. No quiero llamar, sé que las cosas irán bien. Termina mi turno, destrozada física y anímicamente, durante un instante me dejo arrastrar para salir del hospital. Ando cabizbaja, cuando alguien me dice: “¿Doctora Salazar?”. Una chica con una mascarilla llevaba del brazo a su padre. “¿Perdón?”, digo en voz alta mientras empiezo a reconocer a ese paciente. Entonces todo empieza a recobrar sentido. Es un paciente de los que llevo en la consulta de marcapasos desde hace años. Hace poco estuvo ingresado en nuestra unidad por problemas cardiorrespiratorios, el día que ingresó estaba yo de guardia, cuando me avisaron a ver a un paciente de planta y reconocí que era él, sabía que yo iba a ser la más adecuada para decidir por él. En ese momento yo no conocía a su hija, pero cuando le hablé del ingreso en UCI, ella me confesó que su padre le había hablado de mí y que, a pesar de ver a muchos médicos, él solo me hacía caso a mí. Ese día el paciente bajó a UCI, lo dormimos y lo conectamos a ventilación mecánica. A la semana salió de nuestra unidad y al mes a su casa. 

Entonces le deseé lo mejor y los vi alejarse cogidos del brazo entrando al hospital. Me metí en el coche y noté que empezaba a sentirme mejor. Acaso mejor que hace unas horas. Mi única punzada de pesar se situaba a unos km. de mí. Y cuando dejaba atrás el hospital, caí en la cuenta de que, aunque la vida no es perfecta, merece mucho la pena luchar por ella.