LUNES 20 DE ABRIL

Después de mascullar que las mascarillas N95 (Garry Galaxy) han sido las que mis compañeros de trabajo y yo hemos estado utilizando estas dos últimas semanas, y que las han retirado rápidamente porque son defectuosas, echo un vistazo al papel que tenía delante y al resto de mis compañeros. “¿Te encuentras bien?”, pregunto a mi compañera de al lado. “Estas un poco pálida”. Y me contesta: “Estamos enormemente desamparados…”. Sus palabras suenan como un resorte ,y hacen que me ponga en pie y me dirija a mi módulo para empezar a ver pacientes. 

Justo antes de comenzar el ritual de cada mañana, mientras me ajusto las gafas sobre la cabeza, una enfermera se acerca a mí, me retira hacia un lugar privado y noto sus manos casi paralizadas al tiempo que me dice: “¿Te has enterado de lo de las mascarillas? ¡Yo estuve todo el turno aspirando las secreciones por el tubo endotraqueal a mis pacientes!”. En aquel momento, me martirizo la cabeza repitiéndome a mí misma: ¿Cómo puedo estar orgullosa de la gestión de mi país cuando estamos falsamente protegidos? Haré uso de mi buen juicio para ayudar a los enfermos, pero no podemos hacer más. Y, además, aún no nos han hecho los famosos test, desconocemos si hemos pasado ya la enfermedad, si aún no o en el peor de los casos si somos portadores asintomáticos y estamos poniendo en peligro la vida de los pacientes que atendemos y la de nuestros propios compañeros. Si nos hicieran ya los test, podríamos trabajar de forma más eficaz y más segura, proteger más a los pacientes y a nosotros mismos. Pero no sé qué contestar, hoy me siento derrotada y se hace un breve silencio entre nosotras. 

Mientras tanto, la tarea sigue y requiere hoy un esfuerzo extra por mi parte para concentrarme. Subo a ver a un enfermo de esclerosis múltiple que requirió valoración hace un par de días para ver si lo ingresábamos en nuestra unidad. Al entrar en su habitación me lo encuentro muy sonriente y sin oxígeno, algo que me alegra profundamente. Me dice que cuando me vio el primer día y le comenté que venía de la UCI, pensó para sí mismo que tenía que ponerse bien por todos los medios y, aunque no es creyente, se encomendó a todos los santos y a las energías positivas, y que, gracias a eso, hoy se encontraba mejor. En ese momento reflexiono sobre la importancia del poder de la mente y que, con ganas de luchar, a veces, se acelera el proceso de curación. Salgo de la habitación y me niego a bajar por el ascensor, opto por bajar por las escaleras (más limpia de COVID, me digo). Empiezo a bajar los escalones de uno en uno, después de dos en dos y de repente empiezo a bajar rápidamente y me vienen imágenes a la cabeza de cuando corro por la montaña con Hachiko a solas, o con mi amigo Alejandro o con mi grupo de compañeras llamado “la Resistencia”. Bajo dos plantas, salgo al pasillo, entro en otra habitación donde me encuentro a una familia que pide explicaciones de por qué no bajamos a su familiar a la UCI, y que nada más verme, expresan su disconformidad ante el no ingreso que hicieron mis compañeros el día anterior. En esos momentos busco un sitio privado, un despacho y nos sentamos frente a frente (por fin, sentarme y poder explicarle a una familia la situación cara a cara, ¡lo echaba de menos!). Me siento y pacientemente los escucho; finalmente respiro profundamente y digo con voz tranquila que no todos los pacientes pueden superar una situación de ingreso en UCI, como una intubación y conexión a ventilación mecánica prolongada, que los tratamientos hay que adecuarlos al paciente según su situación basal y su enfermedad actual. Les comento que el no ingreso en UCI no significa falta de tratamiento y al final de la conversación entienden lo más duro de nuestro trabajo, porque el seguir adelante, como todo en esta vida, siempre es la decisión más fácil, pero parar y reconducir la situación es lo más difícil y esto requiere de un gran valor. Por último, me despido con un “hasta luego” (ya no nos damos la mano) y me agradecen la explicación. 

Me encuentro andando por el pasillo, giro a la derecha, bajo de nuevo las escaleras, y mis pies rápidamente empiezan a bajar más y más rápido, de uno en uno, de dos en dos y al final de nuevo me viene la imagen de mis compañeras de entrenamiento, que últimamente se han hecho imprescindibles en mi vida, me sacan una sonrisa en los días que llego derrotada y una videoconferencia es suficiente para reírnos. Sueño con bajar de nuevo a todo gas con Yolanda por Jabaculza o subir sin descolgarme de la espalda de mi amiga Guada por Presidarios, os echo tanto de menos… El apoyo incondicional de los que te quieren se ha hecho evidente estos días y de ahí el nombre de “la resistencia”. Aunque podríamos haberle puesto al grupo “la amistad”, preferimos hacerlo plantándole cara a esta situación y nos levantamos con canciones o con frases esporádicas, porque vamos a salir de esta, somos corredoras de montaña, así que con ese nombre nos hicimos la firme promesa de que las tres haríamos la primera carrera en la que pudiéramos formar un equipo y usaríamos este nombre.

Vuelvo a mi unidad olvidándome poco a poco de la desesperación que nos rodea. Interrumpe mis pensamientos una imagen a la que no estoy acostumbrada. Mi compañera ha avisado a una familia para que vea a su familiar en sus últimos momentos. Conocen la gravedad y se preparan para lo peor, pero por fin después de tres semanas van a poder verlo. Entran lentamente, les ayudamos a vestirse correctamente, noto el miedo en sus caras, pero es tan importante el poder acompañar en los últimos momentos, que sé que, pese a ser doloroso, es y será terapéutico para ellos. Aunque se encuentran inmóviles delante del paciente, siento la emoción por ellos. A los dos minutos se dan la vuelta para no volver a verlo jamás, se lo agradecen personalmente a mi compañera en lo más profundo de su ser, y a pesar de la dificultad del idioma, le preguntan si, cuando fallezca, podrán llevarse la mitad del cuerpo a su país y dejar el resto aquí. Imagino que es cosa del idioma y que se refieren a una parte de las cenizas una vez incinerado. Sin embargo, pensé en lo surrealista de la situación, similar a una función teatral. 

Cuento mis pacientes a mis compañeros que se quedan de guardia, por fin mi jornada de trabajo termina y camino lentamente hacia mi vestuario. Aunque hoy me invade una tristeza tan profunda como la famosa montaña rusa que todos ahora sentimos, reclamo que el valor del sanitario es incalculable y que, a pesar de los obstáculos, seguimos ahí. Somos los que decidimos y ejecutamos, y lo somos porque con nuestras actuaciones diarias depende hoy más que nunca el futuro del mundo y pese a estar frente a una batalla que librar contra la enfermedad y la muerte, tristemente nos encontramos ante otra no menos importante, las consecuencias de haber usado mascarillas defectuosas. 

2 pensamientos sobre “LUNES 20 DE ABRIL”

  1. Ánimo Cristina, ya mismo estarás bajado jabalcuza otra vez, abrazos para ti y tu familia. Te admiro.

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