JUEVES 23 DE ABRIL

Esta noche he dado más vueltas de la cuenta en la cama. No podía quitarme de la cabeza lo que Noelia me contó antes de ir a dormir. Ella es una enfermera recientemente trasladada a un centro de Guadalajara y, como todas, está luchando contra la COVID-19. Hablando con ella sin saber su realidad, le pregunté si estaba haciendo algo de deporte en casa a lo que me contestó: «Llevo unos días sintiéndome mal, me duele todo el cuerpo y he perdido el olfato y el gusto. Me han hecho las pruebas… y estoy coronada”. 

Le respondí: “¿Cómo?”, y me dijo con voz calmada: “Sí, lo que oyes. Ojalá tuviera energía para hacer los ejercicios diarios que me mandaste, pero en esta ocasión todas mis fuerzas van dirigidas a mantenerme lo mejor posible. Tengo fiebre y me cuesta respirar”. Rápidamente traté de centrar mi atención en lo que seguía contando. Me relató que cada día cuando llegaba a casa, se había quitado toda la ropa y la había puesto a lavar inmediatamente y que se había duchado con agua caliente intentando eliminar cualquier resquicio de COVID-19. Ella convive con su marido Pedro, su alegría, pero de repente ella se había convertido en su mayor amenaza. Él sabe que es muy vulnerable a esta enfermedad y, aunque su vida se le va mirando a Noelia cada día cuando regresa del hospital, la realidad es que no ha podido ser, algo ha fallado, a pesar de haberse sido extremadamente escrupulosa en su rutina para evitar el contagio. 

Siguió contándome en un tono de voz contenido: “Además, mi marido pertenece a un grupo de riesgo, por lo que hemos decidido separarnos. La casa tiene dos plantas, así que él está en la de arriba y yo estoy en la de abajo que tiene un baño individual. Él se ocupa de la casa, hace la comida, que me deja en la escalera de donde yo la cojo y, mientras como, evito derramar una sola lágrima porque no note que he llorado, y así poder ofrecerle una sonrisa cuando viene a recoger el plato. Mis cinco sentidos están puestos en no contagiarlo, no solo no me perdonaría que él enfermara, sino que, si la enfermedad avanzara y se lo llevara, como a tantas personas que estamos viendo, no tendría sentido para mí seguir viviendo, porque Él es mi vida”. Mientras me contaba esto, notaba como su garganta se llenaba de esas lágrimas contenidas, intentado mostrarse fuerte. 

Noelia siempre fue de las empollonas de la clase, de las que se sacaba todo con sobresaliente y de las que siempre tenía permanentemente una sonrisa en la cara para ayudar a cualquiera que se lo pidiera. Siempre ha sido responsable y humilde, lo que podría definirse como una buena persona, cualidades que presentan los enfermeros de este país. 

Permanecí en silencio mientras proseguía: “A las ocho de la tarde siguen sonando los aplausos que nos dan consuelo, pero cuando cesan y ya no se oye ninguna palmada, solo se oye la voz de nuestros familiares a través del teléfono que, aunque están lejos, no quiero que me vean, no quiero preocuparlos más.” 

“Me duele todo el cuerpo y las noches las paso dando vueltas porque, aunque estoy tomando analgésicos, el dolor nunca se va. Trabajar en el hospital es lo que he querido hacer desde pequeña y ahora pienso que hasta la vida me la he dejado en ello”. Y mientras la escucho, el corazón se me encoge y el cuerpo se me estremece. Yo también tengo dos crías y cada día hago lo que ella al entrar en casa. Solo espero no estar contagiada. “Ahora solo quiero ponerme bien, Cristina. No sé cuándo volveré a trabajar, no sé si podré volver a padecer esta enfermedad de nuevo, quizá esté ya inmunizada, pero la realidad es que no sabemos nada”.

Me sentía vacía al escucharla y para terminar me comentó mientras se escucha su perro ladrar: “Pedro se ha levantado. Te tengo que dejar”. Noelia se sale a la parte de abajo de su patio, se asoma y lo ve por la ventana. Sé que hace un esfuerzo por no llorar, él le extiende su mano a través del cristal y, aunque no puede tocarlo, le dice: “Todavía no, cariño, espera un poco más, todo esto pasará”. Mientras tanto, piensa para sus adentros: Sé que soy fuerte, que tengo que seguir salvando el mundo como dicen mis amigas, pero hoy con el Covid-19 sin poder besarlo noto que se me cae el mundo encima. 

Entonces encienden cada uno su móvil y se ponen a hablar, él le dedica canciones que han acompañado sus vidas a través de Facebook y así pasan ahora sus días. Y aquí, desde la distancia, comprendo que la mayor dolencia en esta vida no es la física, sino la dolencia emocional del no poder estar. ¡Sé fuerte, amiga mía! 

2 pensamientos sobre “JUEVES 23 DE ABRIL”

  1. Le pido a Dios!! : supere la Covid-19.
    Se lo pido con todas mis fuerzas!
    Que injusto todo y que sin sentido
    Noelia sé fuerte,no estas sola….mi aplauso y apoyo para ti y todas esas personas que estais dándolo todo.
    Cristina Salazar muchas gracias!!!!!Noelia muchas gracias!!!!

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