VIERNES 25 DE ABRIL

Llego un día más a mi hospital y, mientras ando por el pasillo, alguien llama mi atención. Conforme me acerco a ella, noto que está esperándome atenta a que me aproxime y, cuando por fin me tiene cerca, me dice con voz suave: “Doctora, permítame decirle una cosa: todo es mentira”. 

Inmediatamente la reconozco. Ella es una de las personas más brillantes del servicio de Rayos. Aguardo en silencio, respiro profundo y la miro atentamente. Es evidente que desde que hemos empezado la pandemia, hemos vivido situaciones con falta de material – contraproducente sería decir que no ha sido así, ya que a estas alturas todo el mundo ha podido comprobar que no hay sistema sanitario con suficientes recursos como para responder de forma eficaz a lo ocurrido -, además de haber usado hasta su retirada unas mascarillas defectuosas compradas por el Ministerio de Sanidad. 

Me invita a acompañarla a su servicio. Me llama la atención la cohesión de todo el equipo y cómo han reconvertido una sala común en una “sala de costura”. Según me explica, el personal cose batas para todos los trabajadores del hospital siempre que tiene unos minutos libres. Poso mi mirada atónita en aquel escenario en el que se ven varias máquinas de coser sobre una mesa. Todos trabajan en silencio, el cual se interrumpe con mi llegada, como si yo fuera esa persona a quien llevan esperando y necesitan para confesar sus miedos o secretos. Dejan sus puestos de trabajo por un segundo y me piden que me haga una foto con ellos. Evidentemente acepto la petición, ¡qué menos puedo hacer!, el honor es mío. Y en ese momento siento más que nunca un inmenso orgullo por la gente que trabaja en mi hospital. 

Cuando vuelvo de camino a mi puesto de trabajo, recibo una llamada interna del hospital: “Dra. Salazar, tiene usted una cita con Salud Laboral”. Sonrío para mis adentros y ando cada vez más deprisa hasta llegar a mi destino. Me atiende una enfermera a la que no puedo reconocer debido a su “disfraz”. Me siento en un sillón, me pide que no me mueva, cierro los ojos y noto un escobillón que atraviesa mi fosa nasal izquierda, roza mi cornete y topa con la nasofaringe. Aguanto la respiración, uno, dos, tres… y, a medida que lo retira, noto que mi cuerpo empieza a desinflarse con la expiración. 

Recorro de nuevo los pasillos de mi hospital, siento una punzada de nostalgia al ver que, aunque la actividad en las consultas va recobrando el ritmo normal poco a poco, aún falta el bullicio de decenas de pacientes y acompañantes que van cruzándose en tu camino. Me encojo de hombros y una vez más me sumerjo en mi unidad. 

Hoy de nuevo es un día duro, como viene siendo habitual. Instantes antes de las tres recuerdo que esta tarde acude la familia de una paciente COVID-19 a despedirse de ella al no haber podido vencer la enfermedad tras varias semanas de lucha. Primero llegan sus dos hijas, las ayudamos a vestirse y entran a despedirse de su madre. Me preguntan si pueden venir al hospital más personas y les digo que sí, porque ¿quién soy yo para negar la despedida de un ser querido? Acepto su petición y una hora más tarde se amontona un pequeño grupo en la puerta de la UCI para despedir para siempre a su madre, abuela… Van entrando de dos en dos, rotos por el dolor. Las compañeras de enfermería los van ayudando a vestirse correctamente y en un momento reparo que en una esquina se encuentra una de sus nietas que, estremecida por el dolor, no deja de llorar. Así que me dirijo a ella a petición de la familia con la idea de darle consuelo. Como mejor sé, la arropo, le muestro la máxima ternura que alcanzo a darle en esos momentos, intento calmarla con la voz, cojo su mano enguantada con la mía y al unísono comprendemos las dos lo que ella necesita: que la acompañe a despedirse de su abuela. La hago entrar conmigo, cogidas del brazo, ella sin parar de llorar se queda totalmente quieta y temblorosa cuando empezamos a vestirla para entrar en el módulo. Noto que pierde el equilibrio con facilidad, la aprieto hacia mí y vamos juntas hacia una cama en la que la paciente, su abuela, se encuentra conectada a un respirador, sus pulmones se elevan y descienden según el tiempo programado, la frecuencia cardíaca es constante y se mantiene aún viva gracias a numerosos cables que nos van informando de sus constantes vitales y múltiples bombas de infusión. Ella me mira, yo la miro y damos un paso adelante. Intuyo su nudo en el estómago que le encoge el corazón y que le va subiendo hasta su garganta. Siento su dolor, su incomprensión ante esta enfermedad y tras despedirse de ella, “dejo que las dos se marchen”. Su abuela, mi paciente, se encuentra inmóvil, sigue viva por los latidos que marca el monitor y el ruido sincrónico que marca el respirador, pero no será por mucho tiempo.

Las horas siguientes trato de persuadir mi mente para que olvide, así que me alejo con sigilo por el pasillo hacia la planta con mis compañeros de guardia. Ahora más que nunca necesitamos apoyarnos unos en otros. Mientras pienso en esto, abro la puerta de la habitación de un paciente al que hemos dado de alta. Me lo encuentro sentado con una clara sensación de disnea y, cuando le pregunto qué tal está, se tumba en la cama porque dice que así puede hablar mejor. Me confiesa que un poco aburrido porque ha perdido sus gafas y no puede hacer mucho y, mientras lo oigo, le sonrío: “Pero naturalmente este es el menor de mis males, porque hace dos semanas estaba en UCI intubado y no podía ni hablar ni moverme. Aunque tengo unas gafas de repuesto, no son las graduadas y, por eso, no veo bien”. Noto que me quiere decir algo más, interpreto el silencio como una espera y de pronto presiento que la emoción le invade y está a punto de romper a llorar. “No sé si voy a poder salir de aquí y no quiero decirle a mi familia lo que siento, me encuentro débil y me ahogo cuando hablo” – respira profundamente antes de seguir hablando – “pero, a pesar de todo, intento volver a vivir”. El llanto no lo deja seguir. Trato de animarlo con una cálida despedida. 

La otra cara de la moneda la encuentro en la siguiente habitación a la que entramos. Nada más entrar, el paciente no deja de sonreír y decir: “¡Mañana me voy!”. Le preguntamos qué tal está, y sigue repitiendo que se va, que tiene ganas de perdernos de vista y de salir de ahí. Reflexiono una vez más sobre las distintas formas en la que el ser humano es capaz de afrontar la misma situación y me pregunto dónde residirá la diferencia, si en la propia autoestima de cada uno, en las experiencias que se acumulan durante nuestro crecimiento, en las ganas que tenemos de aferrarnos aún a la vida… ¡quién sabe!

Termina mi guardia de 24 horas, salgo como siempre, como si tuviera los efectos del alcohol en mi sangre, incluso me cuesta recordar dónde dejé mi coche el día anterior. Conduzco de forma mecánica, como cada día desde hace más de un mes, y, cuando estoy aparcando el coche en mi garaje, suena la entrada de un mensaje en mi móvil: “Dra. Salazar, su estudio de PCR ha sido negativo”. 

Esta notificación me deja igual porque no aclara si he pasado la infección (y soy inmune) con la PCR negativa o soy negativa porque no he tenido contacto aún con este virus. Más que nunca los sanitarios necesitamos conocer la PCR acompañada de nuestra serología de los anticuerpos. Esto es, a día de hoy no tener la menor idea de cuál será el siguiente movimiento de la Administración.