JUEVES 28 DE ABRIL

No sé dónde estoy, pero esta mañana mi despertador ha sido la entrada de un mensaje al móvil de una conocida periodista que me escribe por privado: “Cris, hoy sale a la luz tu podcast. ¡Con todo mi cariño y mi admiración a todos los sanitarios por vuestro trabajo!”. Se despide con un superpower desde la capital de los Emiratos Árabes. Me reincorporo y por un segundo me encuentro quieta, exhausta. Doy el relevo de mis pacientes y salgo de mi segundo hogar. Me dirijo a mi casa con la extraña sensación de contener mi entusiasmo. El caso es que me siento a disgusto con la vida, aún me golpea la indignación de las imágenes que vi anteayer, el primer día de desconfinamiento para los niños, ahora más que nunca cuando tendríamos que demostrar que somos una sociedad responsable. Ayer por la mañana al llegar a mi puesto de trabajo, otra compañera y yo comentamos lo cansadas que estamos. Van llegando más compañeros y el ambiente se nota crispado, nuestra sociedad se ha tirado a la calle sin respetar las normas que tanto hemos venido repitiendo estas semanas de confinamiento. Lo que ignoran es que la sanidad está muy herida y no aguantaremos otra avalancha más como la que hemos sufrido hace tan poco tiempo. ¿Cómo se explica esta ausencia de memoria?

Se instalan en mi cabeza el pesimismo y el miedo. A estas alturas no queremos aplausos, queremos una sociedad tan comprometida como nosotros por sacar adelante a todos los enfermos que se ponen en nuestras manos. El enfado entre los compañeros es unánime. Nos gustaría que todos esos ánimos se conviertan en actos responsables por parte de los ciudadanos, sería nuestro mejor regalo y el vuestro también. ¡Respetad nuestro trabajo! 

La mañana se me hace especialmente extraña. Todos tenemos ya menos pacientes COVID. Después de casi dos meses, entro en mi quirófano. Miro a mi alrededor: la sala, el monitor de constantes vitales, el analizador de señales intracardiacas, la radioscopia… y a mi enfermera. Nunca os he hablado de ella. Una persona excepcional, que supo conducir mi “ansia” profesional dentro de la estimulación cardíaca. Porque siempre he pensado que los límites te los pones tú, y los que nos dedicamos a esta profesión siempre queremos hacerlo mejor. No he visto persona más humana que ella. Cuando pasamos revisión de marcapasos, se conoce todos los nombres e historias de los familiares, se deja besar por los pacientes (algo que tendrás que dejar de hacerlo por ahora, de forma temporal, querida amiga) y siempre les tiende una mano cuando acuden sin cita. Me gustaría que ella supiera que la abrazaría y la besaría, pero, a veces, es más fácil escribir los sentimientos que mostrarlo, quizá por temor a parecer más vulnerables. Me enfundo mi mandil protector y mi bata quirúrgica, y vuelvo a mi entorno natural. Empiezo a impacientarme por si me equivoco durante la cirugía, pero las dudas se disipan tras inyectar la anestesia y entonces… la cirugía fluye con toda naturalidad, mis manos obedecen a mi mente y mi mente, una vez más, no falla. Tras esto, la guardia sigue su curso. 

La tarde transcurre viendo a los pacientes que dimos de alta de UCI hace ya días o semanas. A algunos les sigue atando su labilidad emocional. Nada más vernos entrar, lloran sin motivo aparente, pero si reparamos en que llevan ingresados muchas semanas y que aún no han visto a su familia, cualquier lágrima que derraman está más que justificada. Nos sorprende que la recuperación sea bastante lenta y, pese a que a veces den un paso para atrás, lo importante es llegar hasta el final. Todos luchan contra sus miedos y, a pesar de no tener a sus familiares cerca, sé que lo conseguirán. 

En la mitad de la noche, me avisan desde mi unidad. Una paciente está en fracaso multiorgánico y tristemente ya no hay mucho más que hacer. A pesar de estar hipotensa, sin orinar y con una respiración superficial, aún responde a mis preguntas. Me acerco a ella, le pregunto si tiene dolor o angustia y me responde que no. Vuelvo a prestar atención a su rostro, mi mente vaga. Se encontraba sin moverse y permanezco en silencio en ese ámbito espectral, sabiendo que la muerte tendrá esta noche un protagonismo principal. Indico a su enfermera que prime el tratamiento de confort y así lo hace. Unos intentamos sobrevivir y otros, morir con dignidad. 

 Tras aguantar 24 horas de trabajo en el mismo lugar, recupero el inicio de mi relato y llego a casa. Entro y, pese a mis subidas y bajadas emocionales, la vida sigue para mis hijas, que ríen y corren alegres, llenas de vida… ¡qué contraste! En ese momento reparo en dos cajas que hay encima de la mesa del salón. Son regalos que me envía mi inestimable hermana, sin duda, la mejor hermana que se puede tener. Sabe que el cariño que me demuestra día a día es más que suficiente, pero siente la necesidad de reforzarlo con detalles como este que me inundan el corazón. Abro las cajas y, entre otros regalos, veo diferentes botellas de vino. Sonrío para mí y pienso que, indiscutiblemente, es la mejor benzodiacepina de estos días.

Seguimos tratando de sobrevivir…