SÁBADO 2 DE MAYO

Mañana primaveral, algo calurosa, pero es el gran día para todos los runners que correrán libremente por el país en turnos. Yo, runner de nacimiento, tendré que esperar 32 horas más. Me levanto temprano, me tomo mi primer café y me dirijo al hospital. Mientras conduzco, miro las montañas y siento una punzada de nostalgia. De nuevo algo que me pierdo. Y mientras la imagen del asfalto asalta mi mente, reivindico todos los cumpleaños, navidades, puentes, Semanas Santas y fechas señaladas a los que no podemos asistir, siempre a la sombra, atentos a esa llamada del busca que reclama nuestra rápida asistencia y de la que depende la vida del paciente que entra por la puerta de la urgencia de cualquier hospital. No tenemos, ni muchísimo menos, grandes sueldos como se piensa. Tenemos un sistema de guardias que maltrata el corazón, creadas a propósito para “tener que hacerlas” porque de ellas depende gran parte de nuestro sueldo. La mayoría de los sanitarios todavía no tenemos plaza, pero, aun así, me puedo sentir afortunada porque conozco a enfermeros que acumulan los mismos años de experiencia que yo y solo son contratados por las horas que van a trabajar, llegando a acumular en algunos casos una veintena de contratos al mes. Tras una guardia de 24 horas descansamos unas 22 horas, si contamos la hora necesaria para dar el relevo y el tiempo de vuelta a casa. Mascullas la vida ese día como puedes, estás irascible y apática, te haces adicta al café para poder pasar el día con algo de dignidad y para poder aprovecharlo al máximo. Por la noche padeces de insomnio porque tu cerebro no está programado para ser interrumpido con un simple botón de turn it off. Duermes mal, te levantas peor y de repente te encuentras de nuevo en el hospital. En ningún país europeo existen turnos tan perjudiciales para el profesional, pero insisto, tenemos la mejor sanidad del mundo o eso cree la sociedad. 

Con frecuencia recuerdo la guardia el 11 de julio de 2010, día en el que España jugaba la final del Mundial de fútbol y como, justo en la prórroga, me avisaron para que fuera rápidamente a urgencias por una parada cardiorrespiratoria. Al llegar, el paciente estaba sin pulso en la cama 6 de observación. Las enfermeras, urgenciólogos y residentes se agolpaban alrededor de él al unísono, realizando las maniobras de soporte vital avanzado. Analicé la situación y empecé a dar instrucciones, sincronizándonos igual que un equipo de fútbol. De la misma forma que Cesc Fábregas asistía a Iniesta y este golpeaba la pelota con la derecha, la enfermera me pasaba el tubo endotraqueal y gracias al laringoscopio se me exponía la glotis de par en par. Al igual que Van de Vaart intentaba capturar ese balón, yo paraba las maniobras para comprobar si existía algún signo de vida. El tiempo se paró – y mi paciente con él -, el balón entró, el hospital y el país tembló. Rápidamente millones de felicitaciones inundaron las redes sociales y mientras, yo, me encontraba en un despacho en urgencias informando del fallecimiento. La mujer sentada frente a mí soltó un grito de dolor y se estremeció de arriba a abajo. Había perdido a su compañero de vida. Mi móvil, aunque en silencio, no dejaba de vibrar dentro de mi bolsillo, sin poder ni querer responder. No pude permanecer más ante esa persona con el corazón roto y volví a mi unidad. Ese día y esa noche seguí trabajando sin descanso mientras el país celebraba probablemente el mejor momento de la historia del fútbol. La guardia la recuerdo horrible. Y ese fue mi punto de inflexión, no porque no pudiera compartir como el resto de los aficionados el mejor gol de la historia de España, sino porque al día siguiente, tras 24 horas dentro del hospital, me arrastré para poder llegar a casa, me fui a correr para centrar mi mente y pasé el resto del día de descanso como un “walking-dead”, apática y sin ser yo aun estado con mi familia. El alma no se cura en 22 horas. 

A día de hoy no sé cómo va a terminar esta función, pero sigo escribiendo porque me siento llena de esperanza y pienso que, aunque esta pandemia nos ha cambiado a todos, por primera vez los sanitarios no nos quedaremos con los brazos cruzados, o eso espero yo.