2-4 MAYO. I wish I knew how it would feel to be free/one. Lighthouse family.

Es viernes noche. Tras recibir una llamada de auxilio de una amiga asustada porque su padre acaba de ingresar en urgencias, siento de nuevo una descarga de catecolaminas en mi torrente circulatorio. Hago unas cuantas llamadas al hospital y respiro hondo cuando aseguro su ingreso en mi unidad. Sigo despierta esa noche en la cama, temerosa de la mañana, del día de guardia que me espera al día siguiente. Llego antes de lo habitual y allí está él, en un módulo no COVID, ingresado por un shock séptico de origen urinario con fracaso multiorgánico. Él es paciente mío desde hace años. Nada más entrar, me sonríe, se le acelera el pulso y mientras yo le devuelvo la sonrisa, le digo que todo irá bien, y sigo viendo pacientes de todo tipo, COVID y no COVID. Es llamativo comprobar lo que cuesta sacar adelante a estos pacientes a pesar de llevar semanas sin ingresar a ninguno nuevo en el servicio de Medicina intensiva. Desconocemos a ciencia cierta por qué tarda tanto tiempo en recuperarse el pulmón y por qué siguen con disnea acusada cuando los visitamos en planta. Respiro hondo y sueño con que no haya ninguno más.  

A mediodía, mientras como con mi equipo de guardia, recibo otra llamada de una amiga y me levanto para darle un poco más de privacidad a la conversación. Nada más escuchar la primera palabra, mis cincos sentidos se concentran. Apenas puedo comprender lo que intenta decirme debido a sus lágrimas y, a pesar su voz entrecortada, alcanzo a entender: “Cristina, mi padre ha muerto”. “¿Cómo?”, respondo. “Sí, te llamo porque tú eras su médico”. En ese momento siento como si penetrara en un lugar frío y lúgubre. No había duda de que allí, de alguna forma, me hallaba en conexión con esa figura mísera llamada Muerte. Mi amiga Marisa es una de esas personas cuya apariencia es la de un ángel, una persona buena de las que calan en tu vida y de la que uno no quiere soltarse nunca. Sin duda lo heredó de su padre. Aún recuerdo hace un año en el parque cuando Marisa me lo presentó, porque tenía antecedentes de un infarto hacía más de 20 años y entonces le costaba respirar cuando caminaba. Sin dudarlo, le ofrecí todo lo que estaba en mi mano. Empezamos a estudiarlo: ecocardiograma, coronariografía, test de viabilidad miocárdica para plantear un posible cateterismo de alto riesgo. Se operó y todo salió bien. Le busqué cita con cardiología de insuficiencia cardiaca y tanto su cardióloga como yo le planteamos la necesidad de implantarle un desfibrilador para evitar el riesgo de muerte súbita. En ese momento lo rechazó porque era una persona muy asustadiza. Dudé con su respuesta, intenté convencerle sin mucha insistencia y ahora pienso que probablemente podría haberlo hecho mejor. Decidió no ponérselo y desde que entró el maldito COVID en nuestras vidas, no ha acudido al hospital. Cuando hace 24 horas empezó a sentirse mal, aguantó en silencio por no molestar. Curiosamente esta mañana, mientras yo estaba de guardia en el hospital, la muerte se presentó en su casa sin darle opciones, negándole la posibilidad de la reanimación, y se fue para siempre entre los brazos de su mujer. De nuevo otra alma arrebatada indirectamente por este maldito virus. En este momento no puedo retener las lágrimas que se deslizan por mi cara sin poder evitarlo. Una vez más la desolación me invade hasta límites insospechados y no me queda más que recoger mis pedacitos para rehacerme, y seguir trabajando.

Por la noche me avisan a las cuatro de la mañana por una paciente que sufre un infarto de miocardio y precisa un cateterismo urgente. Mientras observo a la paciente, pienso en la suerte que tiene. Ella va a tener la oportunidad de hacerse un cateterismo, de ingresar en un hospital donde trabajamos todos a una, sin importar la hora, porque las enfermedades no entienden de hora ni de turnos. Duermo tres horas de mi guardia de 24. Doy mi relevo, pero antes de irme, hacemos una despedida COVID a una residente nuestra que se nos va del equipo, que se aleja de nosotros tras cinco años de formación. Decide dejar intensivos para mejorar su calidad de vida. Es una especialidad muy bonita, pero con un alto coste físico y emocional. Va a estudiar de nuevo el MIR. Una auténtica pérdida para nosotros y para el sistema sanitario. Después de superar una carrera como la de Medicina, aprobar el MIR y realizar una residencia de cinco años, ha decidido no dedicarse a esta especialidad. ¡Bravo, Lourdes! Toma el timón de tu destino y sé feliz allí donde la suerte te lleve.

Llego a casa apática a pesar de que es el Día de la Madre. Leo una noticia en los medios que me enerva: Los médicos ganamos mucho… y pienso en mi sueldo base de 1100 euros. En casa, mientras intento estar despierta, mi perro mueve el rabo continuamente porque él no entiende de días malos. Sé lo que significa esa mirada – ¡Llévame lejos! -, pero no tengo claro quién lleva lejos a quién. Espero hasta las ocho para salir a correr y otra vez todo empieza a cobrar sentido. Al día siguiente me levanto temprano y recibo una llamada del fallecimiento de mi compañero de facultad Daniel. Entonces mi mente una vez más me hace viajar a un lugar muy lejano, a la Facultad de Medicina, donde un grupo de estudiantes aguardábamos juntos en la sala de Anatomía. Éramos felices siempre con nuestras batas blancas, fingiendo ser verdaderos expertos en la asignatura más importante del primer curso de carrera. Nunca imaginamos que, aunque te relacionas con un grupo determinado de compañeros en la clase, luego los caminos se van cruzando con otros y estos a su vez con otros, creando vínculos de por vida. Esta carrera es tan especial que, pese a que el objetivo común sea llegar a ser un buen médico, pasas buenos y malos ratos con tus compañeros de la facultad. Por eso, querido amigo, tú que has sido más que nadie un luchador de los derechos de todos los demás, aunque no estando ya con nosotros, seguiremos recordándote y haremos lo que tú siempre soñaste: unirnos por nuestra propia dignidad. 

Descanse en paz