JUEVES 14 DE MAYO

La muerte nunca es un punto final, ya que se mantiene en el recuerdo de una manera muy presente. La angustia de lo que hemos vivido en las primeras semanas de marzo no se olvidará y quedará latente en nuestro ADN. Al mismo tiempo, observamos atónitos, con incredulidad y creciente ansiedad a aquellas personas que pasean sin mascarilla por la calle saltándose libremente las reglas del juego, otras en pandilla tomándose unas cervezas como si vivieran en una realidad diferente o, peor aún, las que creen estar haciendo las cosas correctamente, y se te eriza la piel cuando las ves utilizando los guantes todo el tiempo, como si tenerlos, los mantuviera a salvo del contagio. De nuevo me despierto muy temprano y, sin pensarlo demasiado, llena de una íntima rabia, me embarga la necesidad de correr. No despierto a mi familia, me visto rápido y salgo. Suben rápidamente mis pulsaciones y empiezo a sudar. Llego a la cima en un extremo silencio y sin prisas. Miro a mi alrededor y observo las montañas, el mar y una ciudad que se despierta en paz. Respiro profundamente. La música que escucho aviva la fresca atmósfera limpia que inhalo y recorre mis pulmones. Sonrío para mis adentros y me lanzo hacia abajo lo más veloz posible, sorteando cualquier obstáculo que se pone ante mis pies, saltando tan alto como puedo y sin perder el equilibro. Al llegar a mi punto de partida, viva y sana, pienso que el esfuerzo ha merecido la pena. Obviamente necesitaba una catarsis física. 

Al llegar a casa, me encuentro mejor que antes. Javier hace la comida y yo juego con las crías y, entre rato y rato, termino el artículo sobre estimulación cardíaca que dejé casi terminado a primeros de marzo. Miro el reloj varias veces y a la hora señalada me conecto con el móvil a la reunión del grupo cardiológico de la Sociedad Española de Medicina Intensiva (Semicyuc). El tiempo parece que se para. Algunos se encuentran de guardia en sus respectivos hospitales y otros están de saliente con los estigmas del insomnio en sus caras. Es curioso contemplar la huella que está dejando esta pandemia entre nosotros, compañeros intensivistas de norte a sur, de este a oeste, de las Baleares y las Canarias. Al inicio empezamos a contarnos tímidamente las experiencias más gratificantes, luego pasamos a confesarnos la transferencia de emociones de las primeras semanas. De pronto comprendo cuán dolidos estamos todavía ahora y cuán vulnerables éramos en aquel momento. Por último, hablamos del alto índice de ocupación que aún persiste en nuestra unidad. Nos despedimos con un “¡Seguiremos todos arrimando el hombro, muchachos!” y con fecha para un webinario organizado por mi grupo sobre los pacientes con SARS-Cov-2 y el daño miocárdico. ¡Bravo chicos!, sin lugar a dudas, el afecto de este grupo me ayuda a mantenerme a flote. 

Absorta en pensamientos que resultan vitales para aprender a salvarse a uno mismo, asisto a una verdadera lección de vida en mi última guardia. Tras 40 días ingresado en nuestra unidad, él ha sido el verdadero superhéroe que, junto a los grandes cuidados de los enfermeros, auxiliares y de mis compañeros intensivistas, ha podido burlar la muerte. Hoy voy a ser testigo de un acontecimiento ancestral, el del amor verdadero. Entonces, sin valorarlo siquiera, entro en el módulo Covid donde la enfermera ayuda a vestir de forma cautelosa a la mujer del paciente. Cuando termina de hacerlo, mi compañera intensivista la coge del brazo derecho, dirigiéndose lentamente hacia la cama en la que se halla su marido, como una novia que se dirige al altar, con una perfecta armonía entre sus pasos…, prefiero recrear en mi cabeza esa similitud para ser capaz de escapar de la emoción del momento. Ella, atónita, mira fijamente a su marido, el cual le devuelve la misma mirada de sorpresa y llena de infinita alegría. Cuando están cerca, ríen y, aunque el contacto físico lo impiden unas mascarillas y unas batas, cerramos la cortina y los dejamos en esa tan ansiada y necesaria intimidad. Mi más sincero reconocimiento a su intensivista que le ha salvado la vida y ha tenido esa empatía e inteligencia emocional durante esas duras informaciones telefónicas diarias sin ningún maltrato de palabra, cuidando la dimensión más holística de la enfermedad.  

Mientras resuena en mi cabeza las palabras esfuerzo y éxito, empiezo a mirar a mi alrededor. Resulta difícil describir el contraste de estar tan llenos de energía para poder seguir trabajando y a su vez tan vacíos debido a las deficiencias arquitectónicas con las que trabajamos cada día, sin  boxes para los pacientes con espacios  que no cumplen las normativas descritas por el Ministerio de Sanidad o despachos en las que nos encontramos prácticamente hacinados, todo ello consecuencia de la deficiente inversión económica de las últimas décadas, específicamente en nuestra unidad. Embargada en mi pensamiento negativo, reflexiono si sería mejor no expresar lo que siento, mirar hacia adelante y dar un ejemplo del amor que a veces nos rodea, aunque sea de forma fugaz y temporal.