MARTES 19 DE MAYO

En mi última guardia las frenéticas llamadas se suceden una tras otra. Sintiendo que me sacuden el cerebro e inmersa en mis pensamientos, llama mi atención al entrar a una habitación a valorar a una paciente mayor. La señora está arropada por su familia, pero se encuentra inquieta, balancea su cuerpo menudo hacia abajo como si alguna extraña fuerza la impulsara a tocar un suelo y a querer ponerse de pie, al mismo tiempo que repite una y otra vez “Virgen del Carmen, Virgencita del Carmen”. La examino y confirmo lo que ya en el primer milisegundo había diagnosticado nada más verla, gracias a mi propio big data, fruto del procesamiento y análisis de multitud de información que entra en mi sistema nervioso central por todas partes. Tristemente hay poco que hacer. Al escuchar sus palabras, recuerdo que los fieles de la Virgen del Carmen, patrona de pescadores y marineros, tienen sus propias creencias, algunas de ellas ligadas al momento del fallecimiento. Se cree que cuando la muerte está cerca y la persona ha sido devota de la Virgen del Carmen durante toda su vida, con el fin de no alargar la agonía, si los pies tocan el suelo, rápidamente expira, librándose del purgatorio. Tras comentarle a la familia la posible explicación de su incomodidad, nos disponemos a buscar algo rígido y plano que simule el suelo. Salgo al pasillo y caigo en la cuenta de que hay un cuadro informativo colgado en la pared que podría ser la solución. Colocamos el cuadro debajo de sus pies y la familia instintivamente deja un escapulario junto a su cabeza. Mientras me alejo, su enfermera le inicia una perfusión de cloruro mórfico y a la media hora la paciente parece estar tan reconfortada que expira con la serenidad con la que todos soñamos tener el día en que la muerte nos visite. Hay quienes tienen a un dios al que rezar y a santos a los que encomendarse, los que abrazan la meditación como forma de oración fluyendo con su energía, y otros, como yo, que subimos picos de montaña para encontrar nuestro templo y estar en paz. Yo creo que cualquier acción que sirva para que uno descanse en calma es válida. Solo debemos reconocer cuál es para poder ayudar a pacientes como ella. Es una cuestión de solemnidad más que de despedida.

Espoleada por el ritmo de la guardia, visitamos a los pacientes covid que han salido de cuidados intensivos. Siempre te invade un pensamiento estimulante cuando ves cómo te reciben, pero instantes después caes en la cuenta del espanto por no saber nada aún del pronóstico de esta enfermedad, comprobando la importante limitación que todavía padecen, algunos de ellos sin poder quitarse el oxígeno durante todo el día o sin poder caminar por ellos mismos. Crucial ahora es la labor del fisioterapeuta, porque ellos mejor que nadie tratan la fatiga extrema e intentan mejorar el patrón ventilatorio que deja la neumonía bilateral. Sin embargo, a nivel emocional es curioso comprobar los recuerdos que los pacientes   tienen de su estancia en nuestras unidades. La mente les hace viajar por sueños que parecen placenteros, pero que bruscamente se tornan en verdaderas pesadillas cuando están bajo el efecto de la sedación, en ese momento en el que son unos perfectos desconocedores de su enfermedad. Aunque ya han pasado tres meses, me causa una lacónica resignación el hecho de que sigan quedando muchos ingresados en las plantas y en las UCI españolas provenientes de ese tsunami humano, y que en las comunidades que aún están en la fase 0 siguen estando duplicadas o triplicadas la capacidad de las unidades de cuidados intensivos. Llamo a una compañera intensivista de un hospital de Madrid, compartimos emociones y nos diagnosticamos al unísono una nueva enfermedad bautizada como “Síndrome de Montaña Rusa”, trastorno emocional que afecta a los sanitarios de este país, por el que se padecen sentimientos tan antagónicos como la euforia al empezar a trabajar y acometer la tarea con pericia y esfuerzo, y la impotencia o resignación con la muerte inevitable de pacientes al poco tiempo de ingresar o tras varias semanas de esfuerzo titánico. Esto es la Medicina. La mejor profesión del mundo y el sobreesfuerzo de ahora servirá de ejemplo para las nuevas generaciones, que serán más humildes y tendrán aún más tesón, claves para poder transformar el mundo en que vivimos. 

Pero no me puedo desentender de la cantidad de sanitarios contagiados sabiendo que las cifras publicadas están infraestimadas, que son la punta de un iceberg por múltiples factores: el valor predictivo positivo, momento  que te han hecho la extracción, si la extracción ha sido por digitopunción o venopunción  o de si sencillamente perteneces al grupo de los que has sido galardonado).Es realmente triste y, sin embargo, se habla poco de ellos, de los sanitarios que están enfermos, luchando por su propia vida, encontrándose en este momento al otro lado de la enfermedad, siendo pacientes de sus propios compañeros y, por supuesto, de todos los que han fallecido. Imagino a cada uno de ellos, verdaderos héroes que antepusieron su salud para poder ayudar y curar incluso con escasez de EPI, recursos materiales o humanos. Recientemente leí un artículo sobre el número de sanitarios fallecidos, 76. Repasé uno a uno esa maldita lista y tristemente tuve que sumar un número más. Mi compatriota Ángeles, que trabajaba en el Hospital Punta de Europa en Algeciras, auxiliar de enfermería del servicio de Traumatología y una gran profesional. Estuvo 26 días luchando contra la muerte, seguro que durante esos días soñó con su lugar preferido, las playas de El Palmar, en donde te sientes como una mota liviana entre ese mar interestelar. 

En este punto de mi relato, mi guardia termina finalmente. Ya no tengo furia o cólera o rabia en mi interior. Todos los sanitarios hemos hecho y seguimos haciendo un buen trabajo. No os olvidéis nunca del precioso legado que os regalamos: la vida con su esperanza y su magia. Porque nosotros seguimos buscando en lo más profundo de nuestro ser aprender a salvar a los demás, y además tenemos otra tarea adicional: aprender a salvarnos a nosotros mismos.