JUEVES 28 DE MAYO

Nadie lo sabe. Permítanme que me haga algunas preguntas y reflexiones. Sigo desconcertada y molesta. Seguimos sin saber el alcance de los daños de esta enfermedad en los casos más graves. La mayoría de los pacientes afortunadamente ya se han marchado a casa, ganando la batalla más importante de su vida, pero cuando acuden a consulta y empezamos a preguntarles cómo se encuentran, nos quedamos perplejos al vislumbrar las diferentes secuelas. En mi hospital el Servicio de Medicina Intensiva con el apoyo de la dirección hemos creado una consulta integral para estos pacientes, tomando el rol de “director de orquesta” en la que cada instrumento es una especialidad hospitalaria: Neumología por la gran pérdida de capacidad pulmonar, Otorrinolaringología por los problemas secundarios que hemos detectado de la vía aérea superior tras tantos días expuestos a una ventilación mecánica invasiva, Cardiología por el posible daño miocárdico, Rehabilitación por los problemas de movilidad. Todos los pacientes que hemos atendido en consulta muestran  una sutil pérdida de memoria que intentar ocultar a sus familiares por lo doloroso que les supone gestionar tantas incapacidades a la vez. Desde nuestro punto de vista, no podemos precisar si el deterioro neurológico es consecuencia de la enfermedad o la enfermedad se ha comportado como un trigger para otras enfermedades neurológicas. Y, por último, nuestros pacientes son evaluados por Psiquiatría, ya que cuando regresan a casa, a un entorno totalmente diferente, se sienten muy vulnerables, con un mensaje continuo de “mejor en casa” y en algunos casos con preocupaciones por el tema laboral. Irremediablemente, un sentimiento enorme de resignación embarga tanto al paciente como al médico al terminar la consulta.  

Tratamos de confeccionar el puzle de cada enfermo que acude a consulta, pero nos encontramos exhaustos ante esta enfermedad, y en silencio reclamamos al gobierno la importancia de una investigación científica de calidad, realizada en entidades públicas, en nuestros hospitales, cuyos resultados serán certezas y redundarán en beneficio de los futuros pacientes a tratar. La inversión pública en I + D en España bajó un 9,8 % entre 2010 y 2018 mientras que en el resto de los países europeos creció un 10,5 %. En este momento de cambio hay que apostar por fortalecer las necesidades de nuestro sistema sanitario. Los profesionales hemos demostrado que nos faltan las herramientas y que aun así estamos sobrados de motivación. 

A la pesada carga de tener que tratar lo desconocido hay que sumar la incertidumbre ante la imposibilidad de no haber podido encontrar una cura aún a esta enfermedad. Faltan estudios bien diseñados que ayuden a comprender nuestras dudas y, a pesar de ello, podemos ofrecerles algo. No la curación, pero sí el modo de ejercer la medicina ante estos pacientes, la compasión, el amor. Y eso se ha visto reflejado en el magistral comportamiento de los compañeros de Enfermería cuando empezaron  a poner en contacto a pacientes y familiares. Lo hicieron fuera de su jornada laboral. Previamente a la realización de las videollamadas, explicaban a la familia la situación del paciente. Recuerdo especialmente el caso de una que se hizo como despedida de un nieto a su abuela ingresada en la planta del hospital. Lo que más le angustiaba a él era la incomprensión de su abuela por no poder ir a visitarla, simplemente ella no entendía las razones. Cuando terminó de hablar con su nieto, la abuela seguía sin comprender las causas por las que su familia no acudía a abrazarla “un poquito”. Entonces se giró a mi compañera y le preguntó: “¿Te puedo abrazar a ti?”. Esta falta de contacto de piel, esta soledad extrema, esta vulneración de la ley de la muerte digna, nos ha venido a todos demasiado grande y no hemos sabido gestionarla. Cada fallecido es una historia, una vida, y hemos condenado a cada uno de ellos a la más absoluta soledad y al aislamiento social. Pero, ¿realmente tenían que morir de esta manera?, ¿el riesgo de que un integrante de la familia visitara a su ser querido era tan grande como para no haber podido acompañarles?, ¿el gobierno no podía haber dispuesto de hoteles para aquellas personas que querían estar en esos momentos junto a los suyos? 

Y si finalmente existe un nuevo rebrote y estamos aparentemente en esa fase de latencia, de calma, deberíamos tener planes de organización más eficaces que permita tener en activo hospitales covid y otros limpios de ella para que los pacientes afectados por otras enfermedades puedan seguir tratándose y curándose. Hasta la Organización Nacional de Trasplantes, orgullo de la corona sanitaria de nuestro país, tuvo que parar su actividad por no poder ofrecer garantías suficientes a los pacientes que esperaban un órgano y lo que con toda seguridad habrá provocado el fallecimiento de más personas, las cuales no se contabilizan en las listas covid. Me niego a que de nuevo suceda. 

Me resisto a aceptar que todo lo vivido y sufrido caiga en el olvido, y suplico a esta sociedad que haga lo mismo que yo. Aún permanecen en mi cabeza imágenes impactantes como la hilera de féretros con los cuerpos de fallecidos por coronavirus sobre las pistas del Palacio de Hielo de Madrid que guardaban su turno para la incineración o en Bérgamo decenas de camiones militares atravesando la ciudad repletos de cadáveres. ¿Puede que esta nueva enfermedad haya sido lo único capaz de hacernos despertar de nuestro cómodo letargo? Desde que empecé mi ejercicio profesional he disfrutado de ella, sin embargo, hemos experimentado el cambio de la consideración de médico a profesional sanitario, de una medicina paternalista a una basada en la autonomía del paciente, a una medicina en la que cada vez el profesional sanitario tiene más funciones administrativas para primar el gasto por la optimización de los recursos. Sin duda, gracias a esta pandemia dejará de resonar en mis oídos la tan reiterada frase “España dispone del mejor sistema sanitario del mundo”. Lo que sí tenemos es el personal más entregado, que no ha desertado a pesar del riesgo que suponía para nuestras vidas y la de nuestras familias. No quiero ni debo olvidar las historias que se han cruzado en mi camino y, como yo, también lo harán los miles de profesionales que trabajamos para la sanidad de este país. Ha llegado el momento de reivindicar nuevas partidas para la investigación, la estabilización de contratos precarios, la creación de una industria sanitaria en nuestro país para la fabricación de material de protección, entre otras necesidades. Y ahora que por fin la curva de contagios se aplana, este colectivo ha perdido sin duda su ingenuidad.